Hasta 1449 y años posteriores, los libros eran difundidos a través de las copias manuscritas de monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo
y a la réplica de ejemplares por encargo del propio clero o de reyes y nobles.
A pesar de lo que se cree, no todos los monjes copistas sabían leer y
escribir. Realizaban la función de copistas, imitadores de signos que en
muchas ocasiones no entendían, lo cual era fundamental para copiar libros
prohibidos que hablasen de medicina interna o de sexo. Las ilustraciones y
las letras capitales eran producto decorativo y artístico del propio copista,
que decoraba cada ejemplar que realizaba según su gusto o visión.
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